miércoles, 1 de mayo de 2013

El museo Van Gogh reabre sus puertas con un viaje al taller del genio

El 40 aniversario de la apertura del Museo Van Gogh, en Ámsterdam, ha servido para aclarar el mayor de los equívocos que rodea al pintor: “no fue el genio instantáneo que creíamos sino que trabajó muy duro para entender la técnica y el uso del color de su arte”. Lo dice Rik van Koetsveld, director gerente del centro, que se despide de su cargo con una muestra desmitificadora. Titulada Van Gogh en su taller (Van Gogh at work) sigue la evolución del artista a través de 200 obras y objetos propios, así como telas de sus contemporáneos, entre ellos Gauguin y Toulouse Lautrec. Como el promedio de edad del visitante del centro es de 32 años, la exposición combina salas clásicas de cuadros colgados en la pared, con presentaciones listas para que participar en el proceso creativo. Hay un microscopio para llegar a las entrañas del lienzo, moldes transparentes superpuestos para ver los diferentes motivos pintados bajo la pintura definitiva, y retales de lienzo en sus diversos estados de preparación. El objeto más entrañable, de todos modos, es su caja de ovillos de lana de colores. El pintor los usaba para guiarse cuando mezclaba tonos. El problema es que trabajaba sin descanso, y la falta de dinero le llevó a utilizar a veces pinturas de baja calidad que no han resistido bien el paso del tiempo. El mejor ejemplo es la serie de cerezos en flor. En los tres originales, las flores eran rosas. El tiempo las ha dejado blancas y chocan junto a una obra similar, esta sí en rosa fuerte, firmada en 1888 —como los del holandés— por el danés Christian Mourier Petersen. Lo que hoy llamaríamos reciclado de materiales no termina ahí. Cuando Van Gogh no tenía lienzos, aprovechaba trapos de cocina. Y cuando estaba desesperado, daba la vuelta a un lienzo ya utilizado y pintaba otra cosa por detrás. El museo presenta tres de estos ejemplos en sendas vitrinas. El resultado es fascinante. El motivo pintado no siempre corresponde a la misma época, así que por un lado aparecen, por ejemplo, unas patatas de su época holandesa, oscuras y con mucho empaste. Del otro, un autorretrato de azules luminosos más próximos a la etapa francesa. Su ritmo febril de trabajo acaba arrancando la sonrisa del espectador. Olvidaba el viento al pintar una marina al aire libre, como aprendió de los impresionistas, y la arena se pegaba en la tela para siempre. Envolvía la tela en papel de periódico para su transporte, y quedaba marcada la huella de la tinta. Ambos extremos han sido analizados a fondo para la muestra con ayuda del laboratorio científico de la multinacional Shell. El museo ha conseguido que la National Gallery, de Londres, ceda la primera versión de Los girasoles. Muy satisfecho, la presenta junto a una posterior, de su colección. Es la joya de la corona dada su fama y porque ilustra la evolución de un mismo motivo. Hay cinco girasoles de Van Gogh en el mundo y todos son distintos. El dormitorio en Arles, cedido por el Instituto de arte de Chicago, y el retrato de Père Tanguy, prestado por el museo Rodin, de París, cumplen la misma función educativa. Sin embargo, las joyas de coleccionista son los cuadernos de esbozos y dibujos y acuarelas de Van Gogh. Poco expuestos dada su fragilidad, ilustran su minucioso de su enfoque artístico, lo mucho que analizaba cada cuadro, y como pasa de dibujar mal a pintar con maestría, para acabar casi en la abstracción. Como en la tela Raíces de árboles, de 1890. La última de su vida. La muestra estará abierta hasta el 12 de enero y solo podrá verse en Ámsterdam.

LAS MAÑANAS DEL BRUJO EDICION VERANO 2013 (Radio Ujo 107.2)